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miércoles, 16 de mayo de 2018

Polémica por la asignatura de música en las escuelas: ¿va a desaparecer?

La neurociencia avala que el aprendizaje de Música beneficia el desarrollo cerebral y optimiza los resultados académicos, pero la asignatura agoniza en Primaria. 


Canarias dedica 82,5 minutos semanales de media a la enseñanza de la Música durante toda la Primaria, desde 1º a 6º, de 6 a 12 años. Le siguen Cataluña (75), La Rioja (70), Castilla-La Mancha (67,5), Castilla y León, Aragón, Cantabria, Valencia, Galicia y Extremadura (60), Asturias (57,5), Euskadi (52,5), Baleares y Navarra (50), y cierran la tabla Andalucía, Madrid, Murcia y Ceuta y Melilla (45). Por países, a la cabeza se encuentra Alemania, con 120 minutos semanales (Fuente: COAEM, 2017).

Es horrible limitar las horas de Música, Plástica y Educación Física, porque son los aprendizajes más transversales que hay. También en Secundaria, pero especialmente en Primaria, el resto de asignaturas deberían construirse encima de estas tres». Es una de las frases de un vídeo que se ha visto en Internet 3,3 millones de veces en seis meses. Y no sale de boca de ningún juglar, artista o filósofo, que podría ser, sino de un científico, el biólogo genetista catalán David Bueno, que canta las excelencias del aprendizaje de estas disciplinas como potenciadoras del desarrollo del cerebro de los niños y garantía de una mejora en los resultados académicos del resto de asignaturas. Para aprovechar estos beneficios, propone básicamente romper con el esquema actual de enseñanza de Primaria, vertebrado por materias como Matemáticas, Ciencias, Lengua... para crear un nuevo cuerpo con esas tres como tronco. Algo así como intercambiar las 'serias' por las 'marías'. 

En concreto, según Bueno, «la música es una gimnasia cerebral, es de las pocas actividades que activan todo el cerebro simultáneamente; más que resolver una multiplicación. Debería haber música en todos los niveles, no solo escuchar música, sino tocar música, un instrumento, el que sea, y cuanto más complejo más se activa el cerebro. No me refiero al mito de escuchar a Mozart, sino a cualquier músico». Recuerda que la neurociencia lleva 20 años acumulando estudios en esta dirección. «Pero hace falta que los que hacen las leyes, los currículos, se fijen en los avances de la ciencia», añade. 

Hace precisamente dos décadas, el doctor Martin F. Gardiner, director de la Escuela de Música de Providence (Rhode Island), aseguraba en la revista científica 'Nature' (1996) que una educación musical y artística especialmente diseñada podía llevar a mejoras espectaculares en la lectura y las matemáticas. Lo comprobó con un experimento con niños de entre 5 y 7 años con malos resultados académicos que, tras haber recibido clases musicales, igualaron a los mejores en lectura y superaron a los de matemáticas. Desde entonces, como comenta Bueno, se amontonan las investigaciones en este sentido. 

Paralelamente, las distintas leyes de Educación en nuestro país han ido relegándola en los currículos hasta el punto de que la última de ellas, la LOMCE, en la que estamos inmersos, ni siquiera la considera obligatoria. Mientras, varios de los países con mejores resultados en el informe PISA tienen una mayor dedicación musical en el horario escolar que nuestro país, según la Confederación de Asociaciones de Educación Musical de España (COAEM). 

No se trata de que la materia no despierte el interés, al menos de los padres; todos los años hay miles de solicitudes para entrar en las escuelas de Música y conservatorios y pueden llegar al 50% (y hasta al 90%) los niños que se quedan fuera, lo que aboca a las familias a pagar por una academia privada o, en el peor de los casos, a aparcar la idea. Además, aquí viene el segundo problema del actual panorama, con la carga lectiva obligatoria y el avance en contenidos y dedicación de los conservatorios conforme pasan los años. Lo explica David Bueno: «Como no está dentro del horario lectivo, son horas que se quitan al juego en extraescolares de Música y eso puede generar desgana, aburrimiento y abandono. Por eso hay que incorporarla a la enseñanza reglada de forma importante». Dicho está, pero... ¿cómo materializar algo tan revolucionario? «Las horas están pensadas ahora por materias, pero habría que hacer un cuadro horario para que estando en clase de Mate pudiera venir el profe de Música a explicar lo mucho que tienen que ver. O que en la hora de esta asignatura, mientras analizas pentagramas o tocas, hablemos de progresiones matemáticas».

Hay un puñado de centros en España que han apostado por los beneficios probados de esta enseñanza. Centros Integrados de Música se llaman, una figura que no contemplan todas las comunidades autónomas. La idea es compatibilizar la enseñanza obligatoria con el aprendizaje académico de la Música. Ejemplo de ello es el Instituto Escuela Artística Oriol Martorell, de Barcelona, que este año celebra su 20 aniversario; un centro público donde los niños salen de Primaria con el grado elemental de Música y al término de la Secundaria obtienen el grado profesional. Listos, si así lo desean, para entrar en el Conservario a por el nivel superior.

Su directora, Montserrat Guri, explica que la idea partió «de un 'conseller' con sensibilidad musical, que con una serie de personas planificó un centro donde compaginar los estudios de la escuela con los de Música y Danza en un horario de 9 a 17». Se rodearon de profesores expertos para desarrollar un currículo y de ahí salió este centro que funciona «a la manera de las Escuelas Oficiales de Idiomas», es decir, que aunque es público hay que pagar un dinero, en este caso 650 euros al año por la Música (unos 65 euros al mes) y 430 por la Danza. Hay prueba de acceso con 6 años porque no hay plazas para todos, «aunque debería ser para todos», dice Guri.

En los dos primeros cursos de Primaria, se prueban en talleres todos los instrumentos y todas las danzas -desde la clásica a la contemporánea pasando por la española- para descubrir cualidades. Si un niño en 1º y 2º en un centro tradicional tiene 25 horas lectivas a la semana, en el Oriol Martorell dedican entre 21 y 23, a las que suman 8 de Música. Y de algo hay que quitar, claro; se consigue eliminando las clases optativas y las de Educación Física, aunque reciben gimnasia adaptada para su instrumento. En 5º y 6º, el horario se amplía y terminan a las seis. Pero no pierden el tiempo en desplazamientos a extraescolares.



sábado, 17 de marzo de 2018

Analfabetismo emocional: cuando a nuestro cerebro le falta corazón


  
Son muchas las personas que sufren analfabetismo emocional. Son hábiles en el dominio de múltiples competencias, disponen de un sinfín de títulos y maestrías, pero hacen la misma gestión emocional que un niño de tres años. Ese aprendizaje no viene de fábrica y es lo queramos o no, una asignatura pendiente a la que deberíamos dedicar más recursos…

La mayoría de nosotros sabemos cuáles son los principios de una buena salud física, a saber: una alimentación equilibrada y lo más natural posible, algo de ejercicio, dormir cada noche entre 7 y 9 horas y realizarnos revisiones médicas periódicas para asegurarnos que todo va bien.

Sin embargo, si hay algo que descuidamos casi de forma alarmante es eso que se contiene entre nuestros oídos: el cerebro. Ahora bien, no nos referimos a ese conjunto de células nerviosas, estructuras y circunvoluciones. Hay que centrar la atención en los indicadores de nuestra salud emocional, es decir, en esa capacidad para sentir la vida y nuestras relaciones, en el estado de esa facultad para entender, controlar y modificar estados anímicos propios y ajenos…

El ser humano es mucho más que una serie de competencias lingüísticas, matemáticas o tecnológicas. Somos, por encima de todo, seres sociales y emocionales, dimensiones estas que quedan a menudo descuidadas, y hasta infravaloradas en las instituciones educativas. Porque, admitámoslo, de poco nos va a servir saber resolver una ecuación de segundo grado si somos incapaces, por ejemplo, de comunicarnos con eficacia y de empatizar con aquellos que nos rodean.


¿Qué es el analfabetismo emocional?

Sabemos que el término “analfabetismo” tiene una connotación negativa. Sin embargo, no podemos llamar de otro modo a una realidad psicosocial más que evidente. Pongamos un ejemplo, en la actualidad se habla mucho de la figura de los líderes transformadores. De personas capaces de dinamizar una organización gracias a su buen manejo de la inteligencia emocional, de la motivación, de su don para producir impacto en los demás y crear entornos donde las personas pueden hacer uso de su creatividad.

En ocasiones se venden ideas que en la realidad, brillan por su ausencia. Así, es bastante común encontrarnos con directivos o líderes empresariales incapaces, no solo de infundir inspiración a los demás, sino con una nula capacidad para controlar sus emociones, su frustración, su enfado… Son como niños de 3 años enfadados por no obtener aquello que desean, situados por completo en ese pensamiento egocéntrico definido por Piaget en su momento.

Veamos no obstante, qué dimensiones caracterizan el analfabetismo emocional.
  • Incapacidad para entender y manejar las propias emociones.
  • Dificultad para comprender las de los demás.
  • Esa falta de autoconciencia emocional los sitúa a menudo en terrenos muy sensibles. Reaccionan de forma desmedida ante cualquier problema, se sienten agobiados y superados ante cualquier dificultad, sea pequeña o grande.
  • No empatizan, son incapaces de situarse en la mirada ajena, de comprender realidades diferentes a la suya.
  • Sus habilidades sociales son muy rígidas y aunque en ocasiones pueden desenvolverse, les falta sensibilidad, asertividad y esa cercanía auténtica con la que crear lazos significativos y no solo relaciones motivadas por el interés personal.
  • Por otro lado, los costes del analfabetismo emocional pueden ser enormes: pensamiento polarizado, represión, racismo o sexismo, narcisismo, necesidad obsesiva por tener la razón. 

La importancia de educar en Inteligencia Emocional

Sabemos que es ya como un eslogan: “hay que educar en Inteligencia Emocional”, debemos entrenarnos en estas habilidades, ser más aptos en materia de emociones. Lo hemos oído hasta la saciedad, hemos leído libros, hemos hecho cursos y decimos que sí con la cabeza cada vez que se nos recuerda la importancia de tener una mayor competencia en esta habilidad.

Sin embargo, las lagunas siguen existiendo. Así, y aunque en algunos currículums educativos de ciertas escuelas ya aparece este objetivo, no podemos pasar por alto algo igual o más importante. Antes de que maestros y profesores entrenen a los niños en el dominio de sus pensamientos y emociones, también ellos deberían ser entrenados previamente.

A menudo, nosotros mismos llegamos a nuestra etapa adulta con un mundo de inseguridades. También nosotros nos levantamos cada día conscientes de que nos faltan herramientas para dominar nuestras emociones, así como ciertas habilidades para encarar mejor la adversidad. De este modo, si no empezamos en primer lugar por nosotros mismos haciendo autoconciencia de nuestro analfabetismo emocional, difícilmente tendremos ese talento para motivar a los más pequeños, para entrenarlos en empatía, asertividad o en habilidades sociales...

Una buena “alfabetización emocional” nos dota de grandes beneficios. Así, algo que aprenderemos en primer lugar es que cada emoción tiene su espacio y su utilidad, que diferenciar entre emociones “negativas” y “positivas” no siempre es acertado, porque en realidad, esos estados que a menudo tanto evitamos sentir como es la tristeza o la decepción, tienen sus espacios de conocimiento, su utilidad y su valioso significado.
De las emociones por tanto no se huye, se encaran para saber qué quieren decirnos. Es un modo sensacional de autoconocimiento que nos dota de fortalezas, que ofrece a nuestra mirada un prisma más amplio… a la vez que flexible. Por tanto, no apartemos o despreciemos la necesidad de estar “al día” en materia de emociones. Atendamos a esos mundos interiores donde saber reconocer, expresar, gestionar y transformar esos sentimientos para que fluyan siempre a nuestro favor y no en nuestra contra…